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domingo 25 de octubre de 2009

Destinos entrelazados (cap.4)

Destinos entrelazados (cap.4)


Jeremy se había alejado del claro, dejando a Laia sola para hacer sus necesidades si es que quería. Además, a él le apetecía dar un paseo para estirar las piernas. Solo, sin tener que aguantar las ganas de zarandear a Laia por sus continuas pullas… o querer besarla hasta verla desfallecer. Ya era un hecho. Siempre la había deseado y al mismo tiempo había anhelado no desearla tanto.

Mientras caminaba pensando en Laia, un olor familiar le sacó de su ensimismamiento. Distinguiría ese olor entre miles…El olor a gardenias, margaritas, rosas…todo mezclado… ¡Agalia! Tenía que ser ella…Pero no vio nada ni a nadie a su alrededor. Agalia se llevaba bien con la naturaleza, sí, y podía esconderse muy bien si así lo deseaba, pero a él pocas cosas se le escapaban…Entonces la vio. Un pequeño mechón de pelo rubio, tras una roca clara, justo al pasar el claro del bosque. Decidió rodear el claro para encontrarse con ella de lado y no pillarla por detrás. ¿Y si estaba herida? Jeremy frunció el ceño y aceleró el paso. La vio apoyada en la roca, respirando entrecortadamente, con su pecho subiendo y bajando agitado. Estaba preciosa, como siempre.

-Agalia- pronunció su nombre con suavidad, con el amor que un hombre puede tener por su pequeña y frágil prima. Ella se giró lentamente, al reconocer su voz, clavó los ojos en los suyos y sonrió. Entonces suavemente empezó a acercarse a él, pero Jeremy ya la tenía estrechada entre sus fuertes brazos.

-Jeremy- dijo su nombre con tranquilidad, como si no hubiera estado temerosa y agitada unos segundos antes- Eras tú.

-¿Estás bien?- le cogió la cara entre las manos y la examinó de arriba abajo para volver a abrazarla. Entonces escuchó un ruido entre los arbustos, y se giró para escudriñar entre ellos. Pero no pudo atisbar nada. Se volvió a concentrar en su prima.

-Sí, primo. Ahora mucho mejor contigo a mi lado. Me ayudarás, ¿no es cierto?- le miró con sus ojos azules cristalinos. Convenciéndole inmediatamente de cualquier cosa.

-Antes deberás decirme de qué hablas.

-Tengo una misión- ella salió al claro del bosque, para que le pudiera dar la luz del sol. Cerró los ojos dejando que los rayos le calentasen el rostro y se llevó una mano al pecho, donde debajo de su ropa colgaban el corazón y la llave.

-Cuéntamelo todo, prima.

-Debo encontrarme con Ulrick Van Ollen, príncipe de los elseos. Debo entregarle…

-¿Ulrick?- a Jeremy le sorprendió que su prima supiera su nombre y estuviera segura de poder reconocer a Ulrick en caso de que le viera. Su amigo se ocultaba bien, y se dejaba ver por muy pocos, era imposible que Agalia le conociera- ¿Le conoces?

-Lo suficiente. Su madre me llevó hasta él…en sus últimos minutos de vida. Debo entregarle la llave, Jeremy- parecía de vital importancia, pero Jeremy no tenía ni idea de para qué servía “la llave”. Tampoco le apetecía preguntárselo en ese momento.

-Tenía intención de llevarte hasta él de todas maneras… Ese era mi plan desde el principio- la miró pensativo- ¿No te hizo daño al aparecer de pronto delante de él? Ulrick es muy cuidadoso y precavido.

-En un principio, dudó de mí- agachó la cabeza, pareciendo recordar algo que no le iba a contar- Pero luego supo que me enviaba su madre y se fió de mí.

-Estupendo entonces- le acarició el cabello- Te llevaré hasta él. Y allí me explicaréis mejor todo este maldito lío.

-Yo no tengo todas las respuestas que me gustaría. Sólo sé que se me dirán cuando llegue el momento oportuno- dijo con una leve sonrisa. Jeremy admiraba su templanza- Y dime, ¿has venido solo?- le miró con ojos suspicaces, parecía intuir algo.

-No, viajo acompañado por…- no podía decir amiga, novia, ni siquiera conocida- …por una vasalla de mi padre- al ver la alarma en los ojos de su prima, se apresuró a tranquilizarla- Tranquila, es una de las mujeres más capaces que conozco…y no nos traicionaría…a pesar de lo que pueda decir. Ella es leal, a su manera. Y tu padre la contrató para encontrarte, así que eso refuerza su palabra.

-Parece una apuesta segura- dijo sonriente.

-Lo es.

-¿Te das cuenta de lo mucho que la defiendes?

-No la defiendo, prima, no digas tonterías- le revolvió el pelo castaño y se giró hacia el bosque- Sólo digo lo que es cierto. Pero, te advierto, también te puedo decir que es orgullosa, temperamental, brusca en ocasiones… - se volvió para mirar a su prima con una ceja arqueada- Lo contrario a ti, podría decirse.

-Eso está bien. Dos mujeres iguales o parecidas en un mismo equipo no sería nada divertido…ni nada inteligente.

-¿Y eso por qué?

-Tú hazme caso. No te gustaría esa mujer si fuera como yo.

-¿Quién te ha dicho a ti que me gusta?

-Perdona, no quería ofenderte…- le acarició la mejilla y miró a un lugar más allá de su hombro- ¿Me la presentas?

Jeremy se dio la vuelta con rapidez y vio a Laia apoyada en un árbol, con los brazos y las piernas cruzadas y el ceño fruncido. ¿Cuánto habría escuchado? Su pose era defensiva, al igual que su actitud. Seguramente había escuchado demasiado… Sin entender el por qué, sintió el impulso de ir hacia ella y explicarse…pero Agalia se le adelantó.

-Tú debes de ser la guerrera- Agalia le tendió una mano a Laia, que primero le miró a él, luego se apartó del árbol y por último le cogió la mano a Agalia.

-Y tú debes de ser la princesita dulce y amorosa de las flores- dijo irónica, Laia, que se apartó rápidamente de la cercanía de la joven. Para su sorpresa, Agalia comenzó a reírse, se acercó a ella y le tocó el antebrazo.

-Qué divertida eres. ¿En serio me ve la gente así?- se giró hacia Jeremy e hizo como que estaba enfadada- Ya te vale, primito, considerarme la princesa de las flores…

-Agalia, Laia estaba…- Jeremy no pudo continuar, fue interrumpido por su prima.

-Así que te llamas Laia- sonrió a la guerrera oscura- Llevo queriendo saber tu nombre desde hace días.

-¿Cómo es eso?- la miró con los ojos entrecerrados- Tú no me habías visto antes, ni sabías que iba a venir.

-Te equivocas, Laia- ignoró la mueca incrédula de la mujer y le explicó su sueño- Así que ya ves, te había visto en mis sueños y sabía que me acompañarías en mi viaje. Ambos.

-Oh. Tienes sueños.

-¿Tú no?

-Sí, pero no del futuro precisamente.

-No los considero predicciones, si es eso lo que estás pensando. Simplemente son sentimientos. Más que saber lo que iba a pasar en el futuro, lo que percibí fueron mis sentimientos en ese momento.

-¿Y qué sentimientos tenías?

-Podía sentir el coraje, la valentía, la tensión por la lucha que se avecinaba…la confianza- clavó sus ojos en los grises plata de la guerrera. No dijo que también había sentido amor, no veía preparada a la guerrera como para eso.

-No está mal.

-No, para nada.

-¿Habéis acabado?- Jeremy se sentía excluido por las mujeres, por eso se hizo notar- Creo que podríamos continuar el viaje…Si no, no encontraremos sitio cómodo y seguro donde poder dormir.

-Sí, señor- respondió agria Laia.

-Pues venga, en marcha- comenzó a andar hacia el lugar donde tenían los caballos y entonces se dio cuenta de que no sabía cómo había llegado Agalia hasta allí- Prima, ¿tienes caballo?

-Tenía…Pero al oír ruidos extraños hace una hora me fui a esconder y le dejé amarrado a la linde del bosque. ¿Puedo ir a por él?

-¿Por qué pides permiso? Vete, te esperaremos aquí- dijo Laia, ignorando la sonrisa de la amabilísima Agalia.

-De acuerdo, vuelvo enseguida.

-No deberías hablar así a mi prima- dijo Jeremy cuando estuvo seguro de que Agalia no les escuchaba.

-Hablo así a todo el mundo, y lo sabes muy bien… Soy una orgullosa, temperamental… Todo lo contrario a Agalia, ¿no es así?

-Sabía que lo habías escuchado. ¿Por qué te molestas?

-No me he molestado por nada. Pero, si sabes tan bien cómo soy, Merlín, no deberías corregirme.

-No lo decía en mal sentido…Lo de que eras lo contrario a Agalia, ¿sabes? Sois…diferentes, nada más.

-Me parece estupendo, Jeremy, y no tienes nada que explicarme. Agalia es perfecta para ti, por lo que das a entender. Yo soy todo lo contrario, así que sé sumar dos más dos- antes de que Jeremy se dispusiera a hablar, Laia le cortó- Pero prefiero ser como soy, así que tranquilo, que no estoy ofendida. Estoy muy contenta con mi imperfección- entonces se giró hacia el bosque, al ver que llegaba Laia con su caballo.

-Lo encontré en el bosque cuando comprendí que no podía volver a casa y me interné entre los árboles- le acarició la cabeza al caballo- Y se ha portado estupendamente, mi pequeñín.
-Muy bien- Laia montó en el suyo- Pues espero que “tu pequeñín” siga portándose así de bien, porque cuanto antes terminemos con tu misión, mejor.

-Es nuestra misión, Laia- dijo Agalia con el ceño fruncido, por primera vez desde que la conocía.

-No, Agalia, mi misión es protegerte. Ni más, ni menos- y dicho eso, espoleó a su montura iniciando así la marcha.

sábado 10 de octubre de 2009

Especial.

Especial.



Una vez. Dos veces. El mismo error. Te echas en tu cama a llorar, a autocompadecerte, a pedirle a Dios o al destino que te traiga algo diferente. Pero cuando la vida te vuelve a traer la misma situación, vuelves a caer. ¿Es necesario volver siempre al punto de partida? ¿Volver a cometer siempre el mismo error? ¡Piensa! Decídete.

Seas como seas, hagas lo que hagas, no va a haber nadie que corra detrás de ti cuando te marches. Que grite desde la otra acera solamente para que adviertas su presencia. No va a haber nadie que te acompañe a despedirte a la estación del tren. Ni tampoco habrá nadie que esté deseando que llegues, ansiándolo, tanto como para estar media hora antes en la estación, esperándote con su mejor sonrisa.

Es algo que tienes que aceptar. Es muy bonito ver esos actos de amor y de cariño. No sólo en las películas, también en la vida real. Pero parece que eso no va a pasarte a ti. ¿Por qué? Buena pregunta. Hay tantos por qué en esta vida...¿Por qué a menudo las personas que más sonríen, que más se preocupan por los demás, que más generosos son, que más te dan de sí mismos...son a los que la gente ignora? ¿Por qué una persona más fría, más seria, menos risueña y generosa...es aquella que más gente quiere ser su "amigo" y más la idolatran? Todo se confunde, todo se mezcla, de tal manera que ya ni sabemos qué es lo bueno, qué es lo malo. Qué debo hacer y qué quiero hacer. Qué esperan que haga. Qué espero yo de mi misma. Tantas preguntas...Sin responder.

No queremos ser una persona más en este mundo. Queremos ser alguien especial. No para todo el mundo, por supuesto. Sólo queremos ser alguien especial para otra persona, o unas cuantas, qué mas da. Poder ver brillar unos ojos, sólo porque te están mirando, es un regalo que a todos nos gustaría recibir todos los días. Poder descubrir una sonrisa que solamente está dirigida a ti. ¿Se imaginan? Tener tu propia sonrisa. Ser dueña de ella. Ver que cuando esa persona sonríe a otro u otra no le sonríe de la misma manera que a ti. Ser la persona más bella para él o ella. Que, aunque estés vestido con harapos, sigas siendo el más bello, único, especial.

A todos nos encantaría saber que habrá gente que nos eche de menos cuando nos vayamos. Que estén contando los minutos que quedan para volver a verte. Que te den un abrazo fuerte cuando te vean. Sincero. Queremos que nos quieran y lo mejor es dejarse querer. Aunque haya veces que hagas por hacerte querer y la gente no te quiera...Y ni tú sabes el por qué. Y te sientes la persona menos importante de este mundo. Menos especial.

Porque me gustaría ser especial. Sentirme especial. Al menos para alguien. Aunque sólo sea por una vez. Dame un día especial y lo recordaré toda mi vida.



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Pronto continuaré con la novela "Destinos entrelazados". Un beso a todos y todas :)

viernes 25 de septiembre de 2009

Destinos entrelazados (cap.3)

Destinos entrelazados (cap.3)

Comenzó a llover. Un relámpago iluminó la oscura noche, tan oscura como ahora estaba el alma de Jeremy. Cuando había llegado a casa y se había encontrado con que su padre se las daba de héroe y se había entregado a Cobá, se marchó de allí todo lo rápido que pudo y se dirigió a casa de su tío… Llegó justo cuando estaban siendo atacados por los demonios de Cobá. Luchó y ayudó a los hombres de su tío…además de poner un poco el tiempo a su favor. Rayos mortales caían en los lugares precisos, sólo porque él así lo quería. En medio del fragor de la escaramuza, pudo divisar en el bosque un destello de luz y presintió que se trataba de su prima. En parte tranquilo porque estaba a aparentemente a salvo, no pudo contenerse y, una vez que ya quedaban pocos demonios que matar, se escabulló al bosque para ver de qué se trataba. Pero su prima ya no estaba allí. Solamente pudo encontrar a una hermosa mujer muerta. Una mujer que creyó reconocer…

Jeremy se arrodilló en el suelo. La reina de los elseos. Muerta. Su amigo Ulrick debía saberlo. Pero, ¿a dónde iba su prima? Ella no sabía de la existencia de los elseos… ¿o sí? Jeremy alzó la vista al cielo. Los ojos, en blanco por la concentración. Las palmas de las manos expuestas a los elementos. El cielo comenzó a escampar. Y Jeremy ya sabía qué dirección había tomado su prima. Y cuál tomaría él. Montó en su caballo y lo lanzó al galope. Necesitaba estar seguro de que Agalia estaba a salvo. Tenerla con él.





<<Dio una patada a una pequeña piedra del suelo. Fergus. Maldito fuera. Le quería, era su padre. Sin embargo, esperaba de él cosas que Jeremy no podía darle. O eso creía él. Él estaba más interesado en conseguir dominar su don. Controlar los elementos. Era un don increíble, herencia de su madre. Y sólo una persona sabía que lo poseía. Sólo una persona se había tomado la molestia de intentar ver algo más en él que un guerrero. Jeremy no anhelaba ser el mejor guerrero. Simplemente anhelaba ser un buen…hombre. Agalia había podido ver esa luz en él. Ella era tan…especial. La amaba como si de una hermana se tratase.

Su sentido del oído, el único que tenía agudizado en ese momento y en esa oscuridad, le confirmó que alguien andaba por los alrededores. Se quedó quieto, alerta, tal y como le habían enseñado los hombres de su padre. Entonces estiró el brazo derecho para golpear en la cara al intruso, pero este se anticipó a su ataque y le esquivó fácilmente. De nuevo no sabía dónde se encontraba. Volvió a concentrarse. Relajó la respiración. Esta vez estiró el brazo izquierdo y giró su torso para poder sacar su pierna derecha, con el fin de hacerle la zancadilla al intruso. Tampoco funcionó.

Jeremy estaba furioso. La persona que estaba en ese mismo lugar, jugaba con él. Sólo se estaba divirtiendo, entreteniéndose. La persona que se mofaba de esa manera de sus habilidades veía mejor que él en la oscuridad. Como si estuviera acostumbrada. Preparada.

-¡Maldito seas! ¡Muéstrate!- un relámpago iluminó la noche y Jeremy pudo ver a su contrincante por una décima de segundo. Alta, esbelta, con la cabellera rubia recogida en una cola, una mujer le miraba con ojos de gata. En esa décima de segundo pudo ver la sorpresa de ella al descubrir su secreto…y el de ella misma.

-Así que el hijo de Fergus es un tramposo- su voz, ronca y sensual, pero dura e inflexible, se mofaba de él como su cuerpo había hecho anteriormente. Ella ya había recuperado la compostura- Un buen don, sí señor.

-Utilizar todas las opciones posibles no es hacer trampa, sino actuar con inteligencia- contraatacó él.

-En eso tienes razón- Jeremy sintió como ella se acercaba lentamente, puso oler su aroma femenino…La tuvo a dos milímetros de su boca y justo cuando iba a lanzarse a besarla, ella le empujó y le tiró al suelo- Todas las opciones posibles- dijo antes de marcharse.

Las ganas de preguntarle su nombre se le ahogaron en la garganta, se hundieron en la profunda humillación de la que estaba preso. La maldita niña le había ganado la partida. Pero la próxima vez la ganaría él. De eso que no le cupiera la menor duda.>>




Jeremy se había parado a descansar. Era ya noche cerrada y seguía odiando la oscuridad. La noche anterior no había descansado, porque estaba muy preocupado por Agalia, pero había avanzado bastante y estaba seguro de que pronto la encontraría. Llevaba dos días a galope tendido, su prima no podía avanzar con tanta rapidez. Hizo una pequeña hoguera y sacó un trozo de pan de sus alforjas. Se sentó bajo un árbol, intentando acomodar su espalda a la dura corteza. Mientras avanzaba con su caballo, se había acordado, sin saber por qué, de Laia. Bueno, quizás sí sabía por qué. Todavía le escocía un poco su última batalla. Hacía dos meses que no la veía, y en esta última ocasión había ganado ella la batalla. Tanto verbal como física. Maldita bruta despiadada. Los moretones le habían durado semanas. Gracias al señor, no la tendría que ver en un tiempo. Ahora encontraría a su prima y luego la ayudaría a llegar hasta Ulrick. Una vez con él, trazarían un plan. Porque él no tenía ni idea de lo que estaba pasando.

Medio adormilado, escuchó un ruido lejano de cascos de caballo. Y voces. Jeremy se levantó de un salto y sacó su espada. La hoguera se había apagado y no podía ver nada.

-¡Maldita sea!- susurró.

De repente una flecha rozó su hombro e hizo que se desequilibrara hacia un lado. Se apoyó contra el árbol y respiró hondo. La hoguera comenzó a arder de nuevo, consiguiendo que, al menos, pudiera ver. Eran seis demonios de hombres.

-Puaj. Sois realmente horrendos, señores- dijo Jeremy con una mueca de asco. Dos de ellos se lanzaron a por él y Jeremy comenzó a dar uso a la espada que le había regalado su padre.

Consiguió acabar con uno de ellos, al otro le hizo una fea herida, pero los otros cuatro, que no se esperaban esa pequeña victoria, se cansaron de esperar y se lanzaron los cuatro a por él. Jeremy siguió luchando pero uno de ellos le golpeó el hombro dolorido y su compañero consiguió derribarlo. Una vez en el suelo, esperando el momento oportuno para al menos clavarle su espada a uno de ellos en el pecho, se sorprendió cuando uno de los demonios cayó encima de él, casi aplastándole si no fuera porque lo había visto venir y se había preparado. Los otros tres levantaron la cabeza y, uno a uno, fueron cayendo, heridos de muerte por flecha. Sólo quedaba el que ya estaba herido, tirado en el suelo, haciéndose el muerto. Jeremy se levantó y le remató. Pero ahora el problema era otro. ¿Quién demonios le había salvado? ¿Querría matarle a él también? Jeremy se puso en guardia, intentando escudriñar en la oscuridad. La hoguera sólo iluminaba parte del claro en el que él se hallaba.

-¿Quién eres y por qué me has salvado?- preguntó Jeremy, arriesgándose. Callado no hubiera podido hacer nada, el intruso sabía manejárselas muy bien en la oscuridad. Silencio. Unos minutos después, cuando ya había perdido la esperanza de que le contestara, oyó unos pasos acercarse. Jeremy centró su vista en uno de las salidas del claro, desde donde venían los ruidos, pudo vislumbrar una silueta que se acercaba, oscura, misteriosa…y que se apoyaba con gracia y los brazos cruzados en el tronco del árbol.

-¿Siempre eres así de precavido, guerrero?- el tono irónico de la voz de Laia sonaba con un tinte especial. Casi dejaba translucir alguna emoción. Casi. Pero Jeremy no pudo averiguar qué emoción exactamente.

-Necesitaba descansar. Y con luz. Odio la maldita noche. Sé que a ti te encanta, pero no todos somos tan perfectos como tú- Jeremy dio media vuelta y se volvió a sentar donde estaba antes de ser atacado.

-Quieres proteger a Agalia, ¿no?

-Por supuesto.

-¡Entonces deja de pensar tanto en ti y en tu estúpido miedo y piensa con un poco más de sentido común!- el enfado pudo verse en toda su expresión.

-¡No me grites de esa manera! ¡Sé lo que debo hacer!

-¡Pues no lo parece! Eres un irresponsable…- Laia comenzó a pasearse por el claro.

-Y tú una sargento metomentodo.

-¿Ah, sí? Pues esta sargento tiene la misión de proteger a tu prima, y no va a dejar que un inútil como tú lo estropee todo, ¿entiendes?- se había acercado peligrosamente a él, mirándole desde arriba.

-Sé lo que debo hacer. Y seré yo quien proteja a MI prima.

-Su padre me envía. Tengo prioridad.

-¡Yo soy su familia! No hay prioridad que valga- intentó calmarse y respirar hondo- Trabajaremos juntos por encontrarla y mantenerla sana y salva.

-¿Qué? ¿Trabajar juntos?- Laia se agachó y le tocó la frente, haciendo que una corriente les sacudiera internamente sus cuerpos- Tú…- sacudió la cabeza, aturdida, y apartó la mano de él- Tú deliras, machote.

-Laia…

-Qué bonito nombre tengo… ¿no crees?- pestañeó coquetamente y se alejó de Jeremy, poniendo una distancia más que necesaria entre ambos.

-¡Maldita sea, bruja!

-Eso sí que no, Jeremy…- se dio la vuelta haciéndose la enfadada, provocándolo. Le encantaba hacerle de rabiar- No insultes así a las brujas…- dijo poniendo una mano sobre su pecho- Yo sólo soy una sargento metomentodo- al ver que él se ponía rojo de rabia alzó una mano- Pero tranquilo. Intentaré “trabajar” contigo. Ya tienes equipo, Merlín.

-Espero que “trabajemos” bien juntos y no me provoques más, mala mujer.

-No te pases Merlín.

-No te pases, Laia.

Y así se durmieron, pensando en quién ganaría la siguiente disputa verbal. Jeremy fruncía el ceño mientras roncaba profusamente. Laia sonreía ansiando la próxima pelea.




Un dolor agudo hizo que se despertara al instante. Se puso en pie y alerta. Pero su enemigo no era otro que la guerrera, la cual tenía una cara un poco extraña, una mezcla entre aguantando la risa y frunciendo el ceño. Le había dado una buena patada en el trasero. Gruñó y la insultó por lo bajo.

-Ya estarías muerto si yo fuera tu enemiga. Debes estar más en guardia- reprendió ella, acostumbrada a dar órdenes y a dirigir un ejército.

-¿Por qué no te vas a hacer tus necesidades y me dejas en paz?- se acercó a los restos de la hoguera, en los que había un cazo con un poco de sopa. Cogió el recipiente y bebió un sorbo.

-Ya las he hecho.

-¿Ah sí? ¿Dónde?- se giró para escudriñar entre los árboles- Yo también tengo que ir…

-Justo en ese cazo de ahí- señaló con el dedo lo que él estaba bebiendo. Jeremy escupió de golpe y soltó una sarta de maldiciones mientras Laia se tumbaba en el suelo de la risa.

-¿De…verdad…creías…que…podría…mear…ahí?- seguía riéndose.

-Lo has dicho muy vehementemente.

-Claro, me tomas por una cochina ¿no es así?- de repente se puso seria y apoyó un codo en la tierra- Pues que sepas que todo ladrón piensan que los demás son de su condición.

-¿Me estás llamando cochino?- preguntó en voz alta, con voz ofendida. Cada día comprendía menos a esa mujer.

-Tómatelo como quieras. Y a ver si acabas…que si sigues así anochece y nosotros aún no nos hemos marchado de aquí- y dicho esto se alejó a preparar los caballos.

-¿Por qué a mí?- preguntó Jeremy mirando al cielo. Luego se frotó los ojos y fue a atender sus necesidades antes de partir. Empezaban bien el nuevo día de compañerismo… estupendamente.

Laia se divertía mucho provocando a Jeremy, pero en cuanto se pusieron en camino dejó las bromas y se concentró en su misión: encontrar a la inútil esa que se había escapado de casa de su papito.

Sin embargo, mientras galopaba en su fuerte y veloz semental, no podía quitarse de la cabeza ese fugaz contacto con Jeremy, esa sensación… que le recorrió todo el cuerpo. Ella iba detrás suyo, se fiaba de él para seguirle bien la pista a Agalia, él controlaba los elementos, se entendía con ellos… Su vista quedó fija en su trasero… ¡y qué trasero, madre mía! Un calor comenzó a subirle por el pecho, haciendo que se sofocara. ¡Maldito fuera! No podía permitirse sentir nada por él. Ni por nadie. Era una lección que había aprendido varias veces.



<<Cada día Laia salía a cabalgar, a desfogar toda esa adrenalina contenida, esa rabia… Su padre la había abandonado con estas personas que, a pesar de todo, eran los que la habían criado… No amaba a Fergus, no tenía ningún motivo para quererle, apreciarle o tener algún buen sentimiento hacia él. Sin embargo reconocía, pero sólo para ella misma, que era su señor. El que la había convertido en lo que ahora era: una guerrera, una líder. La mejor. Simplemente le respetaba…lo justo. Y le sería fiel. Pero él no tenía por qué saber eso…claro estaba. Laia sonrió para sí mientras bajaba de su caballo para ir a chapotear un poco a su lago. Comenzó a quitarse la ropa, pero justo antes de quitarse la camisa, percibió un ruido procedente del bosque. Estaba con las piernas descubiertas, pero ella nunca había sido pudorosa. Por ende, ningún hombre se sentía atraído por ella…más bien le tenían miedo. -¿Quién anda ahí?

Nada. El silencio del bosque era demasiado artificial. Demasiado silencioso para ser real. Laia cogió su espada y caminó hacia los árboles.

-Si no sales ahora mismo…te encontraré. Y te aseguro que será peor que te encuentre a que salgas tú por tu propio pie, maldito cotilla. Durante unos segundos, creyó que el intruso no iba a salir, pero al cabo de un poco más de tiempo los arbustos se movieron y de ellos salió un apuesto hombre.

-Perdone…señorita- la miró de arriba abajo, como ningún hombre había hecho jamás. Laia se sonrojó, pero irguió aún más la cabeza y alzó una de sus aristocráticas cejas.
-¿Quería usted algo?- preguntó con brusquedad, lo normal en ella. Como si no estuviera casi desnuda.

-Buscaba un baño en este precioso lago… y me he encontrado con dos preciosidades.

-Oh- se quedó sin palabras. El apuesto hombre tejía una red con sus comentarios que hacía derribar sus defensas.
Pronto confió en él. Era fácil. Parecía tan sincero, simpático, apuesto… Su corazón palpitaba como nunca. De emoción. De alegría. Casi podía atisbar el fin de su soledad.

En un día y una noche, ese hombre conquistó su cuerpo…y su corazón.
Laia volvió al castillo y durmió todo el día con una sonrisa en su bello rostro. Se despertó al día siguiente con un poco de dolor entre las piernas, y mucha alegría en el corazón. Le vería de nuevo esa noche. Con él podía hablar de todo y se sentía escuchada, entendida, admirada… Hablando de igual a igual. Oh, cuánto le amaba.

Fue entonces cuando los oyó. Gritos. Se vistió, compuso una máscara de seriedad y firmeza y bajó a los calabozos. Últimamente estaban atrapando muchos espías. Bien por sus hombres. Se cruzó con un Jeremy malhumorado que la esquivó si siquiera tocarla. Parecía realmente enfadado. Furioso.


-¿Qué le sucede a Jeremy?- susurró a un guardia.


-Su padre no le deja estar en el interrogatorio. El propio Jeremy capturó al espía, pero Fergus considera que no es él digno de interrogarle ni de presenciar su muerte.


-Sus razones tendrá…- miró al frente, vio a un hombre semidesnudo, arrodillado, sangrando, con su melena sobre la cara- ¿Quién es y dónde le encontraron?


-Estaba pasando información a Cobá. Y la tenía en abundancia. Le interceptaron justo cuando estaba transmitiendo la información a otro cómplice. Al otro le mataron, obviamente.


-Sí, por supuesto. ¿Y de dónde habrá sacado la inf…?- sus palabras murieron en sus labios cuando el condenado levantó suavemente la cabeza y la miró con ojos llenos de odio. Ojos que hacía unas horas la habían hecho sentir la mujer más deseada de la Tierra. Sintió cómo se le partía el corazón y dio un paso adelante, hacia él, sin decir palabra.


-¿Creías que te amaba, preciosa?- escupió al suelo, junto a las botas de Laia- No estás nada mal, pero el trabajo es lo primero- un latigazo le hizo interrumpir sus palabras y Laia pudo reunir el coraje suficiente como para recuperar la compostura y componer la sonrisa que más le dolió en su vida.


-Puedes decir lo que quieras- se acuclilló ante él. Ante ese hombre al que amaba y que la había amado durante un día y una noche- Pero aquí soy yo la que manda…y la que, si quiere, puede no acabar contigo…porque quizás eso sería demasiado benévolo…- se levantó y se dio la vuelta. Cuando llegó a las escaleras para salir de allí, susurró sobre su hombro- Torturadle un poco…sin pasaros. Luego matadle- y, con esas palabras, y ese hombre, también murieron sus sentimientos por cualquier persona…y su corazón.
>>




-¿Laia? ¡Laia!- gritó Jeremy, para que saliera de su ensoñación- Luego soy yo el que se despista…

-Estaba pensando, nada más- intentó que no viese sus ojos humedecidos. Pronto se le secaron- ¿Qué quieres? ¿No puedes hacer nada solo, que necesitas siempre mi ayuda?

-Muy bien. Tienes razón- mientras galopaba, Jeremy había decidido tener más paciencia con Laia. Ella le sacaba de quicio...y ella lo sabía, por eso le provocaba. Lo hacía a propósito y él debía ser más listo. Se tranquilizó y le contestó suavemente- Pararemos unos minutos a descansar. Tú puedes hacer tus necesidades en tu querido cazo.

-Imbécil- dijo Laia sin inmutarse. La verdad es que la había pillado distraída, pensando en su pasado… Sacudió la cabeza y se obligó a no pensar más en hombres. Ni en sexo. Por mucho que le apeteciera acercarse a uno…

Pasaron unos minutos pero Jeremy no volvía. Al principio Laia pensó que le estaba tomando el pelo, que sólo quería que fuera tras él para dejarla en ridículo pero al poco se empezó a preocupar. Entró por donde él se había ido y comenzó a llamarle.

-¡Jeremy! Maldito niñato…. ¿Dónde narices te has metido? Y como te pille meando y me hagas pasar esa vergüenza te juro que…- encontró un trozo de tela de su capa en la rama de un árbol y comenzó a correr- ¡Jeremy!- oyó unos ruidos cerca y redujo su paso para no hacer ruido.

Parecía ser que Jeremy tenía compañía. Femenina, para ser más explícitos. Una rubia preciosa a la que abrazaba profusamente. Frunció el ceño. Laia se escondió entre los arbustos para poder ver y escuchar sin ser vista. Justo a tiempo, pues Jeremy ya escudriñaba entre los árboles por si la veía.

domingo 6 de septiembre de 2009

Destinos entrelazados (cap.2)

Destinos entrelazados (cap.2)



Capítulo 2

<<-Por favor, papá, ven conmigo- la niña se agarraba con fuerza al abrigo de su padre, suplicando, llorando- No me dejes sola. ¡Lo prometiste, papá!

-Ya basta, Laia- el hombre se arrodilló y rodeó la carita de la pequeña rubia con sus manos. La besó en la frente y luchó por mantener el control cuando esos ojos verdes llorosos le miraron suplicantes- Sabes que no puedo ir contigo. Pero estarás bien. Yo debo quedarme, aquí.


-Pero, papá…
El hombre se levantó, acarició el pelo de su hija, se dio media vuelta y comenzó a caminar. Laia intentó seguirle, pero unos fuertes brazos ya la estaban agarrando, impidiéndole seguir a su padre. La cogieron con fuerza, pues ella pataleaba y gritaba, negándose a aceptar su destino. El destino que ya habían marcado para ella.>>





-¡Soltadme!- la mujer fulminó con la mirada a los guardias que la intentaban retener. Pronto, estos rectificaron y se apartaron de su camino. Siguió caminando hasta encontrarse con unos grandes portones, unos que conocía muy bien y que abrió de un solo golpe, con fuerza. Un gran hombre estaba sentado en un sillón que no le correspondía. Derribó una estatua que se interponía en su camino, tan furiosa como estaba, y se plantó frente a ese gigante- ¿Quién eres tú?

Vladimir la miró fijamente, estudiándola, evaluándola. Llegó a la conclusión de que era la mejor guerrera que jamás había visto. Ni siquiera su Agalia podría compararse a ella. La tristeza volvió a consumir sus fuerzas. Su querida niña, desaparecida. Al menos no estaba en la casa cuando la atacaron los secuaces de Cobá pero, ¿dónde estaba entonces? Él no podría buscarla, le necesitaban al frente del ejército que se estaba organizando pero usaría todo lo que pudiera para mantenerla protegida. Esa mujer era una apuesta segura.

-Soy el hermano de tu señor- dijo con su voz grave, serio, sin revelar ningún pensamiento.

-¿Señor? Yo no tengo señor- una mueca parecida a una sonrisa modificó el semblante furioso de la muchacha. Porque era joven, muy joven. De unos veinte años, quizás.




<<-¿Señor? ¡Nunca he tenido señor ni lo tendré jamás!- gritaba la niña al hombre que la había estado entrenando los dos últimos años. Con diez años tenía más carácter que muchos de los guardias allí apostados. El hombre intentó no sonreír, le había tomado cariño a la niña rubia de ojos verdes, Laia, pero su señor la reclamaba y él debía instruirla para que no saliese perjudicada.

-¡Laia! ¡Irás y le llamarás “mi señor”! Él te mantendrá, te seguirá entrenando, tendrás todo lo que desees.


-¡Ya sabes todo lo que deseo! ¡Quiero volver con mi padre!


-Creía que ya habías superado esa etapa, Laia- el hombre se arrodilló junto a la niña, compadeciéndose del dolor que mostraban sus ojos. En esos dos años había mostrado poseer unas cualidades increíbles en el arte de la lucha. Pero aún le quedaba aprender más, mucho más.
>>



-Fergus ha desaparecido- le explicó escuetamente Vladimir.

-Ya lo veo. Me da una semana para que descanse y ya tiene su viejo culo en peligro de nuevo.


-Una guerra se avecina. Cobá le tiene a su lado.

-Fergus no lucharía al lado de Cobá- a su pesar, le salió solo el defenderle.

-Lo sé. Por eso me preocupa el hecho de que no haya opuesto resistencia…

-¿Crees que es una trampa?

-Hay que ayudarle. Yo le ayudaré. Soy su maldito hermano.

-Ya sé quién eres…Vladimir ¿no?

-Exacto.

-¿Qué es lo que quieres? No estás aquí para pedirme ayuda para rescatar a Fergus- Laia se cruzó de brazos, esperando la petición. Habían sido muchas a lo largo de su vida.




<<-Laia.

-Sí.


-Sí, “mi señor”. Dilo, Laia.


-No lo haré- la joven, con la mandíbula apretada y una brecha en la frente aún fresca de la lucha, miraba al suelo, esperando la petición.


-Maldita seas, muchacha. Llevas seis años ya bajo mi protección ¿y todavía no me aceptas como señor?- Fergus no esperó respuesta, simplemente sabía que la muchacha no entraría en razón- Esta noche habrá una incursión, serás tú la que dirigirás a mis hombres- la muchacha alzó la cabeza, sorprendida, halagada- Pero has de saber que, si algo va mal, la culpa recaerá sobre ti. ¿Estás preparada?


-Lo estoy, señor.

No lo estaba.

Los gritos de dolor resonaban por las paredes de las mazmorras. Los soldados apretaban los puños por la atrocidad que se estaba cometiendo. Fergus ordenaba que tocasen música y hablasen algo para no escuchar esos alaridos de dolor. Habían muerto cinco hombres en la escaramuza. Una cifra realmente baja teniendo en cuenta que una chiquilla de catorce años había dirigido la operación. La condena eran treinta latigazos, cinco por cada hombre muerto y cinco más por el fracaso de la misión. Fergus dejó de oír los gritos, levantó un brazo y la música y las voces dejaron de sonar. Se levantó de su sillón y se adentró en las mazmorras. Allí, en medio del patio, yacía desmayada la muchacha.


-Llevadla a una celda, curadla y alimentadla. Cuando despierte avisadme- dijo con voz dura, sin transmitir ni una pizca de compasión. Él era el jefe, y sus guerreros debían ser los mejores. A base de cometer errores y de recibir castigos se aprende. Él y su hermano lo sabían de primera mano.
>>




-Me gustaría…- Vladimir se interrumpió. Los ojos de la mujer, tan fieros, tan sagaces, le intimidaban. Algo raro e ilógico en él, que tanto había vivido. Sin embargo, algo le decía que aquella joven también había vivido lo suyo- Necesito que encuentres a mi hija, que la protejas hasta que todo esto acabe.

-¿Su hija? ¿Fergus tiene una linda sobrinita?- Laia sonrió al imaginarse a ese gigante de Vladimir con una niña entre sus brazos.

-Se llama Agalia. Ella…no estaba en casa cuando nos atacaron. Me alegro de eso, estaba fuera de peligro. Aún así, no sé dónde está. Y quiero que la encuentres.

-Una historia muy conmovedora- Laia comenzó a pasear por la sala- ¿Y qué recibiré a cambio?

-Lo que quieras.

-Eso suena muy tentador…pero también resulta engañoso. Podría querer algo que tú tienes. ¿Te imaginas que yo deseara la muerte de Fergus, al terminar mi trabajo?

-Laia- la joven le miró confundida a los ojos- Sí, sé tu nombre. Fergus me habló una vez de ti. Según él, eres su mayor logro. Él confía en ti, pese a que tú le odies. Por eso estoy convencido de que puedo confiar en ti y en tu cordura. En tu palabra y fidelidad.

-Tampoco te pases, Vlad. Ayudo a Fergus por la costumbre de los años. Me llevaría mucho tiempo encontrar un nuevo protector…- Vladimir no dijo nada, sabía tan bien como ella que no le hacían falta protectores, sonaba a excusa barata.

-Te ofrezco mi protección. Un favor- inclinó la cabeza- El juramento de un Sneider es inquebrantable. Lo sabes.

-Muy bien- se puso frente a él, se cruzó de brazos y abrió las piernas. Se preparó para escuchar instrucciones- Dime todo lo que sepas y todo lo que quieres que haga- torció la cabeza e hizo una mueca- Luego yo haré lo que crea más conveniente.

domingo 23 de agosto de 2009

Destinos entrelazados (cap.1)

Destinos entrelazados (cap.1)

Prólogo

Una noche de tormenta. El cielo estaba oscuro, tan negro que casi nada se veía. Lo único que iluminaba esa especie de noche eran los rayos que cada poco atravesaban el cielo. La lluvia caía sobre la grva, inundando todo a su paso. Las alcantarillas se desbordaban. Una niña yacía tirada en el suelo. Tendría menos de diez años, su melena castaña empapada y tapándole la cara. Un brazo debajo de su cuerpo, el otro apoyado en el suelo, con su mano sujetando una cadena. De su madre.

De repente, unos brazos fuertes la levantan del suelo. La cabeza de la niña queda hacia atrás, inconsciente como ella estaba. Esos brazos la acurrucan y cuidan de que no sufra más. Ya ha pasado suficiente.



Capítulo 1


Agalia plantaba flores. Era su pasatiempo preferido. Cuando quería relajarse, cuando estaba preocupada...simplemente plantaba flores. En ese momento estaba acariciando un precioso tulipán, observando el leve movimiento de sus pétalos, cómo recibía su carisma. Levantó la cabeza al oír cómo la llamaban.

-Volveré mañana- les susurró a las flores, sonriendo. Se levantó y se dirigió a paso normal y tranquilo hacia la casa donde había vivido toda su vida. O más bien todo lo que recordaba de su vida. A medida que se acercaba a la gran casa, podía escuchar las maldiciones de su protector. Aquel al que ella llamaba padre.

-¡Maldita sea! ¡No lo permitiré! ¿Cómo puedes ser tan imbécil y traerme estas noticias? No puedo creérmelo...- se pinzó el puente de la nariz y bufó audiblemente.

-¿Qué es lo que sucede, padre?- preguntó con su habitual voz dulce Agalia.

-Mi niña...- el gigante oscuro se acercó a ella y la abrazó suavemente. Parecía imposible que alguien de su tamaño y rudeza pudiera acariciar con tanto cuidado y mimo a una mujer de aspecto tan delicado y puro. El gigante miró hostil hacia el mensajero y le hizo un gesto para que se marchase. Luego cambió su expresión por una más dulce y se giró hacia ella- ¿Qué tal estás, mi luz?

-Bien, hoy ya me he tomado suficiente tiempo libre, ¿no crees que deberíamos ponernos a entrenar?

-¿Ya estás preparada?- preguntó Vladimir preocupado. Su niña había pasado por un fuerte trauma dos días antes, cuando unos malditos demonios la habían seguido por el camino hasta su casa y la habían atacado. Menos mal que su instinto la había hecho fulminarlos a todos con su poderosa magia. Si no llegara a ser por su poder...No la tendría más con él. Pero el poder, la magia, no era suficiente. No para lo que se avecinaba. Debía seguir enseñándole el arte de la lucha, por si en alguna ocasión no pudiera utilizar su magia.

-Padre, sabes que sí. Llevo entrenando a escondidas desde que me trajiste aquí, hace ya diez años.

-Pero no conmigo.

-Es un honor poder por fin aprender del gran guerrero- Agalia inclinó a cabeza, mirando a Vladimir, y sonrió- Por cierto, ¿Cuáles eran las malas noticias?

-Fergus- la mujer se estremeció. Era el hermano de su padre y su enemigo más acérrimo, sin embargo, su padre estaba convencido de que lograrían luchar juntos contra lo que estaba por venir.

-¿Qué ha pasado? ¿No quiere ayudarte?

-Se lo han llevado. Y no a la fuerza precisamente. Él se ha rendido ante Cobá y ha ido con ella. Simplemente se ha rendido. ¡El mismo hijo de puta que me lleva dando patadas en el culo desde que tuve un maldito minuto de vida!- su padre estaba desesperado. Agalia le abrazó y le transmitió paz. Una paz que ella no sentía. Presentía muertes, desgracias, sufrimiento...Desde hacía días no veía ninguna luz al final de ese túnel al que se acercaban.

-Padre, todo saldrá bien. Ya lo verás- dijo, aparentando estar convencida de sus palabras.

-Sí, hija, vayamos a entrenarte- a las pocas horas pudo descubrir la poca fragilidad de su hija. ¡Maldición, pero si le había hecho sudar la gota gorda!




Agalia soñaba. Pero lo que soñaba no le gustaba nada. Luchaba contra demonios, buscando...buscando algo que le importaba. Sentía el corazón pesado en su pecho, muerto de la preocupación. No había ninguna persona en el mundo a la que quisiera tanto como para sufrir así por ella, salvo por su padre. Miró hacia su derecha y vio una sombra negra. No, era una mujer. Una mujer vestida de negro, con una cabellera rubia recogida en una cola. Era la mejor guerrera que nunca hubiera visto. Ella sola se abría paso ante los demonios, sin inmutarse. Mataba sin piedad, algo útil en esa guerra. Agalia miró ahora a su izquierda, sorprendiéndose al ver a Jeremy, su primo. El hijo de Fergus. Al contrario que este, Jeremy no era un guerrero. Jeremy había nacido con múltiples habilidades: agilidad, fuerza, astucia...pero era su poder para controlar los elementos lo que le hacía diferente a los demás. Sabía que faltaba alguien más, alguien que estaba al final del túnel, esperándoles. Agalia miró al frente, justo cuando un demonio se abalanzaba contra ella. Despertó.

Se levantó de la cama empapada en sudor, con las manos temblorosas y el corazón desbocado en su pecho. No había sido un sueño. Eso le había parecido real. Demasiado real. Fue hasta la habitación de su padre y suspiró aliviada al verle durmiendo. No le había pasado nada, gracias al señor.

Aunque lo tenía prohibido y sabía que era peligroso, Agalia decidió ir a pasear al bosque. Parecía que este la llamaba, la invitaba, la seducía. Sabía que encontraría respuesta a alguna de sus preguntas. Lo presentía.


Niebla. Oscuridad. Agalia temblaba de frío. Odiaba la oscuridad. Pero sabía que tenía que atravesar el bosque, no le quedaba ya casi nada. Sentía que estaba cerca...
De repente sintió unas manos húmedas y pegajosas que la aferraron del pie. Saltó y gritó, del susto y la sorpresa. Miró hacia el suelo, intentando ver aquello que la había agarrado. No parecía haber peligro. Agalia podía ver el aura de...¿la mujer? Se concentró en ella y pudo ver cómo era. Una mujer madura morena yacía en el suelo, en posición fetal, sujetando su abdomen. Se movió ligeramente y Agalia se agachó para ayudarla.

-Criat...ura- susurró sin fuerzas la mujer, herida de muerte- Necesito...- de sus ojos brotaban lágrimas, por el esfuerzo, por el dolor, por la rabia al no poder casi hablar. Entonces la mujer agarró las manos de Agalia y se las llevó a corazón.

Todo empezó a girar y a dar vueltas, el suelo se le fue de los pies y Agalia cayó...y cayó...hasta caer encima de un suelo duro, pero cubierto de suaves alfombras. Se levantó suavemente y se encontró amenazada por la espada reluciente de un hombre. Agalia levantó la cabeza y le miró profundamente a los ojos. Unos ojos fríos, de acero. Le sacaba a ella casi dos cabezas, moreno, de pelo largo y brillante. Era joven, pero parecía decidido.

-¿Quién la envía?- dijo con voz dura.

-No lo sé- Agalia se tocó la cabeza, que le palpitaba dolorosamente- Yo estaba en el bosque...Había una mujer en el suelo y ella me...

-¿Te transportó hasta aquí?- preguntó él, más relajado, mientras bajaba su espada.

-Algo así, supongo- los dos se miraron a los ojos y un ligero rubor cubrió las mejillas de Agalia. REalmente era un hombre muy guapo.

-Mi madre. Quería que te viera para poder reconocerte en un futuro- levantó una de sus grandes manos y le apartó un mechón de pelo de la cara- Tú serás la que me ayudará al final.

-No entiendo nada...

-Yo soy Ulrick Van Ollen. Príncipe de los elseos- hizo una reverencia y la miró de nuevo, intrigado.

-Yo soy Agalia.

-¿No tienes apellido?

-Me temo que no. Nunca he oído hablar de los elseos- frunció el ceño, confundida.

-Nos escondemos bien. Pero la guerra ha comenzado. Y mi pueblo ha empezado a morir. Mi madre...¿Se recuperará?- el dolor en sus ojos hizo que Agalia quisiera mentirle.

-No, no lo hará. Lo siento- le cogió las manos instintivamente. Un hormigueo le recorrió el brazo y llegó hasta su corazón. Fue a soltarse pero él no la dejó.

-Gracias por tu sinceridad. Supongo que debemos despedirnos. Debes volver a tu propio espacio...hasta que volvamos a encontrarnos- Agalia iba a darse la vuelta, pero él no se lo permitió- Espera- la miró intensamente, como si quisiera decirle algo, pero no pudiera.

-Se lo diré- susurró Agalia. Él se acercó y le acarició las mejillas. Ella cerró los ojos y respiró con fuerza. Entonces sintió cómo los labios de Ulrick buscaban los suyos, haciéndolos florecer. Un beso suave, tan suave como los pétalos de una rosa. Un beso tierno, como un bollo recién hecho. Un beso único, de esos que no se olvidan. Ulrick deslizó sus manos por la nuca de ella y le colocó un colgante.

-Que Dios te proteja...hasta que te encuentre y pueda hacerlo yo.


Agalia volvió a caer, pero esta vez, mientras lo hacía, pudo ver, casi vivir, lo que la reina de los elseos vivió. La habían seguido. HAcía frío, todo estaba oscuro. La respiración se le entrecortaba. Temía por su hijo, ahora que su esposo había muerto. Ella era la reina, pero ellos querían su reino. Querían sus tierras, su mundo, aquel que poseía el único elemento capaz de detener a Cobá. El arco dorado. Un arco milenario recubierto de oro y armado con una flecha en cuya punta brillaba la piedra púrpura. El único objeto que podía destruir a Cobá. Agalia pudo ver las compuertas y defensas que guardaban aquella arma, cómo la reina colgaba la llave de su cuello y se marchaba.

Un golpe seco, contra la hierba húmeda de la noche, la devolvió a la realidad. La reina seguía respirando lo que parecían sus últimos alientos de vida.

-Señora...Su hijo quiere que sepa que la ama.

-Gra...cias- podían oírse los jadeos, la lucha por vivir, por respirar- Cógelo y...protég..elo con tu vida hasta...mi hijo. Agalia- lo último que dijo fue su nombre, y Agalia ni siquiera se lo había dicho. Tras unos minutos llorando, desesperada por la situación, le cogió el colgante y se lo puso en su cuello. Entonces notó que llevaba colgado, además, un corazón cristalino.