viernes 24 de febrero de 2012
Impasible.
Hay días en los que ni nosotros mismos podemos creer lo fuertes que hemos sido. Llegamos a casa, nos miramos al espejo y nos vemos serios, impasibles, como si ninguna emoción nos recorriese por dentro.
Me levanté temprano, como cada día, para ir a la universidad. El día anterior había discutido con mi novio, una vez más. No estábamos pasando una buena temporada. Sin embargo, me levanté con la plena convicción de que iba a salir de clase e iba a ir a verle a su facultad, que no quedaba muy alejada de la mía.
Ese día no sonreía a mis compañeros. Sé que está mal, pero cuando estoy mal, o agobiada, no soy capaz de fingir, de pasarlo bien con los demás. Le di un beso a una de mis amigas, respiré hondo y me puse a caminar, dirección: él.
Cuando llegué a la facultad de Magisterio, aunque ya la conocía, volví a arrugar la nariz y a pensar en lo poco que me gustaba. Alguna que otra vez, hacía tiempo, había provocado mucho a mi chico con eso. Me burlaba de él por lo fea que era su facultad y él me replicaba con alguna cosa mía también. Sonreí, porque esos tiempos habían sido geniales, y los echaba de menos.
Caminé despacio a través de los pasillos. Sabía cuál era su clase, así que fui hacia allí. Era la hora de descanso, o del "recreo", así que primero miré un poco dentro y, al ver a algún compañero de él, conocido para mí, decidí que no me había equivocado. Entré y le busqué con la mirada.
Estaba sentado en una silla, con sus manos apoyadas en las caderas (seré fine y no diré culo) de una compañera. Me quedé allí parada, observando, como si me hubiera quedado petrificada. No deben sacarse conclusiones precipitadas, ¿no es así? (no sé cómo me quedé allí, porque yo soy de las que sí sacan conclusiones precipitadas, pero ese día era fuerte, era impasible). Me quedé allí observando cómo tonteaban, como ella le tocaba el pelo y él le correspondía acariciándole la mejilla. Ese gesto que a mí hacía tanto que no me hacía.
Esperé a que me viera, pues quería que se diese cuenta de que se había terminado. No quería explicaciones, excusas. No necesitaba nada de él. Nada más. Así que esperé y, cuando por fin me vio y se levantó sobresaltado, confirmándome que no era una actitud normal o de amistad, le miré fijamente y di media vuelta. No me siguió.
Me fui directa a la parada del autobús. ¿Conocéis esa sensación de estar destrozada y, sin embargo, seguir? Seguro que sí. Todos hacemos eso alguna vez. Me sentía idiota, me sentía traicionada y por eso no pedí explicaciones. Sabía que nada de lo que él pudiera decirme, iba a servir para cambiar cómo me sentía. Sin embargo, seguí. Esperé tranquilamente el autobús, lo cogí y me fui a casa.
Y cuando llegué a mi casa, seguía sin caerme una lágrima. Mi madre me preguntó que qué tal el día y le contesté que bien. Me desnudé y me metí en la bañera.
Y, cuando salí de la bañera, y cuando con una mano quité el vaho del cristal, entonces me miré al espejo. Me busqué a mí misma, y no me encontré. Ya era hora de quitar la máscara. Agaché la mirada y las sensaciones me embargaron de repente. O más bien las empecé a notar. Rabia, enfado, tristeza, frustración...Cuando volví a mirarme al espejo, cuando volví a observar mi cara, entonces ya me reconocí.
martes 14 de febrero de 2012
Día de San Valentín.
¿Sabéis una cosa? Es el primer San Valentín que me levanto y sonrío pensando "por fin tengo algo que celebrar este día". Nunca había estado enamorada, hasta que cierta persona increíble llegó a mi vida, y desde entonces puedo decir que soy feliz.
Seré sincera. Aborrecía este día. Parece que son más las parejas por ser el día que es y yo, una soltera que nunca había tenido novio, aborrecía este día porque, en el fondo, quería eso. Quería celebrar. Quería amar y sonreír feliz pensando en la otra persona.
Hoy me he levantado por la mañana y, aún sabiendo que no iba a ver a esa persona que me hace feliz, sonreí. Sonreí porque sé que está ahí, que mañana le veré y le diré todas las "ñoñadas" que me apetecería decirle ahora mismo si le tuviese delante. Pero cuidado, no habrá nada que no le haya dicho ya. Para mí, desde que estoy con él, todos los días son san Valentín. Todos los días celebro el estar tan enamorada y tan feliz, y sentirme correspondida de la manera en que lo soy. Todos los días pienso en él, en cuándo le veré, en cuándo podré estar más tiempo con él. Cada día, por las noches, cuando estoy en mi habitación, sola, le echo de menos. Y tanto él como yo, casi todos los días, nos decimos lo mucho que nos queremos. Yo le digo que es lo mejor que me ha pasado, mi mayor regalo.
Es increíble. Hace un año ahí estaba yo, sola. Sin imaginarme que pudiera sentirme como me siento ahora mismo, o como me sentía ayer, o como me sentiré mañana. Sin poder describir lo que es estar enamorada y lo que es ser plenamente feliz. Ahora ya lo sé, y este día es simplemente para eso, para decirlo una vez más, para celebrarlo, para sonreír por la suerte que tengo.
¡Feliz San Valentín a todo el mundo!
viernes 27 de enero de 2012
27 de enero.
El mundo está mal repartido. Eso lo sabemos todos. Los hay que tienen mucho dinero, otros no tienen ni qué comer. Los hay que son guapísimos, y otros, simples mortales, nos miramos al espejo y no sabemos si suspirar y pasar de largo o taparlo. Los hay muy valientes, pero otros son tan cobardes que les da miedo hasta salir de casa.
Pues con la seguridad en uno mismo pasa igual. Hay gente tan inmensamente rica en ella (aquellos a los que llamamos egocéntricos, creídos o, más coloquialmente hablando, "flipados") que otros nos quedamos con lo justo para vivir.
Entonces vivimos al día. Cada día debemos luchar por conseguir esa seguridad que necesitamos para afrontar lo que se nos viene encima. Hay días que trabajamos y progresamos tanto que incluso podemos almacenar un poco de esa seguridad para el día siguiente. Pero entonces, otro día llega negro. Te da un bajón tan grande que quedas por los suelos. No es que te falte respirar, que tu corazón deje de latir. Es obvio que la seguridad en uno mismo no es algo físicamente esencial para vivir. Pero cuando estás inseguro, cuando no te gustas, cuando tienes dudas, cuando tienes un complejo, y no lo superas, es difícil de llevar. ¿Qué nos queda si ni nosotros mismos nos gustamos? ¿Cómo gustaríamos a los demás, entonces? En esos días en que la poca seguridad que tienes se desvanece, te sientes poca cosa, insignificante, piensas que los demás son mejores, que tú no puedes, que todo te supera...Es un machaque a tu persona, a tu interior, a lo que eres. Casi prefiero un buen catarro, o algo de fiebre. Ser tú mismo el que está pegando mazazos a lo que eres, no es bueno, y sobretodo, es muy doloroso.
Como seguramente hayáis deducido, yo soy una de esas personas inseguras. Los comentarios insignificantes, me duelen, porque como no tengo la suficiente seguridad en mí misma como para decir "menuda tontería me han dicho" o "lo que me ha pasado no es grave ni mucho menos", el complejo viene a mi cabeza, y le empiezo a dar vueltas. Agacho la cabeza y empiezo a "rumiar" lo que me han dicho, empeorándolo, envenenándome a mí misma, en verdad.
Pero, ¿sabéis un secreto? A pesar de que no puedo cambiar lo que soy, cómo soy, tengo un truco para conseguir ser feliz, para creer más en ti, para avanzar algo más, para tener más margen de confianza, precisamente. El truco es confiar en alguien. Querer y dejarse querer. Disfrutar y hacer disfrutar. El truco es amar y ayudar a la otra persona con sus inseguridades, sabiendo que esa persona te ayudará con las tuyas. La "cura" no es ni fácil, ni difícil de encontrar. A cada persona le cuesta más o menos. Pero llegar. Y, cuando llega, cuando la persona que quieres te mira con los ojos cargados de amor y te susurra un te quiero, cuando ves a esa persona sonreír y sabes que le haces tan feliz como esa persona te hace a ti...entonces se te olvida toda inseguridad. Comienzas a creer en ti mismo, porque te das cuenta de que es imposible que una persona tan maravillosa te quiera si realmente tú mismo no mereces la pena.
Te quiero mucho
domingo 22 de enero de 2012
Inseguridad.
La mujer giró con un movimiento brusco en su cama. Quedó a
un centímetro de caerse al suelo. Sin embargo, como por intuición, se dio la
vuelta y volvió a acomodarse. Los sueños, o mejor dicho, pesadillas, la
agitaban, haciendo que no pudiera dejar de moverse, inquieta. Recordaba
episodios de su pasado y la furia la consumía, porque en sus sueños tan sólo
era una mera espectadora de lo imbécil y tonta que había sido en el pasado. Se
despertó cansada, con dolor de cuello y con mal cuerpo. Se levantó, aún así,
confiando en que el día espantara a sus demonios nocturnos.
-Mara, no es por nada, pero yo la semana pasada te invité a
un café. Bien podrías estirarte e invitarme tú a mí esta vez, ¿no?-su compañera
de trabajo, Silvia, le habló en un tono medio jocoso, medio en serio.
-¿Qué pasa, que tienes que echármelo en cara?- Mara se
dirigió a la barra y pidió un “capuccino large”. Cuando lo tuvo, se lo plantó a
su compañera en la mesa- Ahí lo tienes, ya no te debo nada.
Se marchó, dejando anonadada a la que podría considerar una
amiga del trabajo. Después de un rato, cuando se calmó, pensó en lo ocurrido.
¿Por qué había reaccionado así? Silvia se lo había dicho medio en broma, y no
echándole nada en cara…Sacudió la cabeza y siguió caminando. Llegaría tarde a
casa de sus padres.
-Mara, tendrías que ver a Julia. Está guapísima, ha
adelgazado y se ha comprado un abrigo que le sienta…- su abuela, como siempre,
hablándole de su prima, con la que toda su maldita vida la habían comparado, o
al menos así se había sentido ella.
-Abuela, ya lo sé. Seguramente estará muchísimo más guapa
que yo, como siempre, ¿verdad?
También decidió marcharse de la casa familiar. No sabía el
por qué, pero estaba de mal humor y saturada. Se ciñó bien el cinturón del
abrigo y se cubrió la cabeza con el gorro. Llovía a cántaros. Cuando llegó a
casa, empapados los pies, respiró hondo y fue hacia el teléfono. Alguien le
había dejado un mensaje en el contestador. Era su amiga, Amelia.
-Mara, hija, no sé qué coño te pasa últimamente, pero
podrías dar señales de vida y preocuparte algo por los demás, aparte de por ti
misma, ¿no crees? Llámame cuando lo creas oportuno, anda- la voz del
contestador sonaba cansada.
-¡Maldita sea! ¡Haber llamado tú, joder!- gritó, y tiró un
zapato contra el aparato.
El teléfono sonó y Mara suspiró cuando vio que era su novio.
Descolgó el teléfono despacio y le saludó con la mejor voz que pudo poner. Al
fin y al cabo, él no tenía la culpa…
-Mara, te he llamado al móvil y no me lo cogías. Parecía un
completo idiota…-le dijo con voz algo molesta.
-¡Sí! ¡Soy horrible! ¿Qué más? ¿Por qué no me dejas? No sé
cómo sigues conmigo, en serio, cuando soy tan jodidamente inútil e incapaz de
hacer algo bien- dicho esto, colgó el teléfono y se sentó en el sofá. Las
lágrimas comenzaron a salir, sin esperarlas, sin quererlas. Sobrecargada,
lloró, y lloró. Cuando se dio cuenta de que seguía con la ropa húmeda, se la
quitó y fue al baño a lavarse la cara. Y, cuando se vio en el espejo, recordó
el pasado. Y todo aquello que la atormentaba.
“Siempre era mi culpa. Siempre era yo la que hacía algo mal.
Y nadie se paraba a pensar en el por qué, si era yo sola, si éramos todos o si,
por una maldita vez, hacía algo con buena intención, aunque saliera mal”
Se apartó el pelo de la cara y comenzó a llorar. Se acordó
de lo insegura que se había vuelto consigo misma. Recordó la falta de
confianza, la falta de cariño y la falta de apoyo. Recordó la soledad. Se
abrazó a sí misma y se sentó en el suelo, hundida. Creía, estaba convencida, de
que lo había superado. Y así era, las cicatrices estaban cerradas. Se miró el
brazo buscando la herida que había tenido antaño, y no la encontró, ni rastro de
cicatriz. Sin embargo, las heridas internas tardan más en repararse, y encima
no sabes cuándo están lo suficientemente curadas. Había ido poco a poco
recuperando la seguridad en ella misma pero, a la mínima, esta amenazaba con irse
y dejarla igual de débil como hacía tantos meses. Le costaba admitir un
comentario sobre su persona, sintiéndose atacada al instante, poniéndose a la
defensiva, y alejando al mundo de ella. Alejándose ella misma de todos. Se
sentía dependiente de saber que los demás creían que ella actuaba bien, que era
buena, que se podía confiar en ella. Y, a la mínima desconfianza por parte de
la gente, Mara se ponía a la defensiva y sacaba las uñas, como no había hecho
en el pasado.
El timbre sonó, pero ella no lo escuchó. Estaba demasiado
inmersa en sus pensamientos, en sus pesadillas, en sus recuerdos. En su
soledad. No escuchó los pasos acercándose, y no se dio cuenta de que no estaba
sola hasta que no vio los pies de su novio junto a los suyos. No se había dado
cuenta de que él tenía llave. La miraba preocupado. Ella le miró acongojada, un
par de lágrimas se le escaparon, y negó con la cabeza. Él supo lo que eso
significaba. Ella no necesitaba más reproches, ni críticas. Necesitaba
recuperarse, sentirse querida, amada, y fuerte. Le necesitaba a él. La ayudó a
levantarse y se tumbó en la cama con ella, abrazándola por detrás. Luego, en un
susurro, le dijo lo que ella necesitaba oír.
-Eres estupenda, Mara. No estés así, por favor. Las personas
buenas no merecen disgustarse, ni gastar lágrimas por cosas que no son- le
acarició el pelo, y escuchó su respiración más relajada- Te quiero, Mara.
-Y yo a ti. Gracias- dijo, y se apretó más contra él, segura
entre sus brazos.
jueves 5 de enero de 2012
Noche de Reyes.
Carlota miró el escaparate lleno de juguetes y posó sus pequeñas manos en el cristal. Apoyó la frente y su respiración formó una burbuja de vaho en este. Su cuidadora, Micaela, tiró de ella.
-Carlota, no te apoyes así en los cristales- vio la mirada acongojada de la niña y su tono de voz se suavizó. Le apartó un mechón de pelo de la cara y se lo colocó tras la oreja- Cariño, los Reyes te traerán tus regalos, ya verás.
-Yo...sólo quiero...-balbuceó la niña en voz baja.
-¿Qué quieres, amor?- con esa carita, con esa voz, con esos ojos brillantes que imploraban algo, aunque no sabía qué, a Micaela se le partió el corazón.
-Sólo quiero...-la miró con esos ojos grandes y azules y le dijo con voz baja pero firme- Quiero a papá y a mamá. Quiero mimos...
Micaela sintió cómo se le encogía el corazón. Carlota había perdido a sus padres en un accidente de coche hacía medio año. Y nadie se había querido hacer cargo de ella. Volvieron a la fila de niños, a los que tres mujeres habían sacado a dar un paseo ese día cinco de enero, el día en que la noche era mágica para los niños, aunque para esos la magia sería mucho menor. La agarró fuerte de la mano y después de un breve paseo, volvieron a la casa de acogida. Esa noche, aunque se lo tenía prohibido a sí misma para no encariñarse demasiado, fue a la cama de Carlota a darle un beso y un abrazo. Cuando se acercó a la niña, ésta estaba hecha un ovillo, con lágrimas en las mejillas, aunque los ojos cerrados. Micaela la abrazó y Carlota dio un respingo, aunque cuando se dio cuenta de quién la abrazaba, le devolvió el abrazo.
-Carlota, cariño...Sabes que tus papás no van a volver, ¿verdad?- Carlota asintió, llorando silenciosamente- Pero, ¿sabes una cosa que sí que puedes pedir y sí que se puede cumplir?- la niña negó con la cabeza- Una nueva familia. Un nuevo hogar. Una mamá que te quiera mucho, y que te dé muchos mimos. Eso seguro que se cumple, porque a una niña tan buena y bonita como tú...¿quién no la va a querer?
-¿Me quieres tú?- preguntó entre sollozos, abrazándose fuerte a Micaela.
-Claro que te quiero, preciosa, claro que te quiero.
Se despidió de la niña y volvió a en autobús a su casa. A la mañana siguiente, se levantó temprano y volvió al centro. Quería estar para cuando los niños abriesen sus regalos. Sonrió al ver a todos los niños y niñas contentos, ilusionados. Algunos incluso habían madrugado más de la cuenta, ansiosos como estaban. Vio a Carlota de la mano de una niña un poco más pequeña que ella, dándole más ilusión por los regalos que la esperaban. Pero Carlota tenía la mirada triste, perdida. Aunque, para ser tan pequeña, lo disimulaba bien.
Micaela se acercó a ella justo antes de que abriese su paquete. La abrazó por detrás y le dio un beso en su rechoncha mejilla. Luego, se acercó a su oído y le susurró:
-¿Hacemos un trato? Te cambio ese paquete sin abrir- le señaló el regalo con un lazo rosa- por otra cosa...
-¿Qué cosa?- preguntó Carlota, no muy entusiasmada.
-Mmmm...Bueno, en realidad son varias cosas. ¿Te las digo?
-Sí, por favor- Micaela sonrió y la sentó en sus rodillas.
-Vamos a ver. Te cambio ese paquete tan bien envuelto por...una cama mullidita, algún que otro peluche, una alfombra un poco fea, un salón con un sofá algo viejo, una mamá que te va a querer mucho y unos abuelos que tienen unas enormes ganas de conocerte. ¿Qué te parece?
Carlota sonrió y Micaela pudo ver los dos preciosos hoyuelos que se le formaron en las mejillas. Le tendió el regalo y Micaela lo cogió, lo posó a un lado y la abrazó con ternura. Para ser una chiquilla, era muy inteligente, y eso le encantaba. Después de un rato, Carlota se separó un poco de ella y le dijo:
-Me parece que los Reyes fueron muy listos y envolvieron mi regalo muy bien para que te gustara a ti, y para que quisieras cambiármelo por todas esas cosas tan buenas.
-¿Quieres abrirlo? Tu futura nueva mamá quiere compartir sus cosas contigo.
-No, yo ya tengo lo que pedí. No necesito más.
sábado 31 de diciembre de 2011
Memorias del 2011
Casi todos los años digo eso de "Año nuevo, vida nueva". Normalmente porque el año que dejo atrás me ha sido algo decepcionante, porque tengo reciente una mala experiencia... Este año, no lo quiero decir. No quiero una vida nueva. Me gustaría cambiar algunas cosas en mi vida, sí, pero por favor, no quiero una vida nueva. Estoy muy contenta con la mía.
Este año no empezó muy bien. Y es que ingredientes como mentiras, decepciones, malas caras...no son muy adecuados para comenzar un nuevo año. Sin embargo, me aferré a algo que creí que tenía, me aferré a una amiga. Y más o menos conseguí "tirar p'alante". Aún así, yo no estaba bien...No me quería a mí misma, no creía en mí. Mi autoestima estaba por los suelos. Yo misma, sin saberlo, con mi actitud, pedía a gritos apoyo, comprensión, cariño. No me fue dada ninguna de las tres cosas. Me sentía poca cosa, sin ganas de hacer nada, sin confianza, con miedo a equivocarme constantemente. Luego me sentía impotente, pues no estaba siendo apoyada por la persona que supuestamente tenía que estar ahí conmigo, mi amiga, escuchándome, empatizándose conmigo y enfadándose con los que me hacían estar mal. No lo tuve. Y yo, como no lo tenía, comencé a amargarme...y supongo que a amargar a los que tenía a mi alrededor. No le veía mucha gracia a las cosas, y no me apetecía sonreír. No podía dejar de pensar en lo que me agobiaba, y cada vez lo veía todo más negro, seguramente derivado del hecho de que, como no podía desahogarme con mi amiga, pues yo iba acumulando más y más (perdón por la palabra) mierda en mi interior.
Llegué a desesperarme. Lloré en público sin poder evitarlo, cosa que odio porque me siento débil y vulnerable. Me enfadaba con mi amiga, le pedía que me hiciera más caso, que me comprendiera, que me apoyara y, como no lo tenía, me volvía más arisca, más amargada, peor persona. Las personas que me hicieron sentir así, esos que me mintieron, me despreciaron y me rebajaron, consiguieron eso. Yo les dejé. Y me odié aún más por ello. Por haber sido tan tonta como para haber llegado a ese punto.
Afortunadamente, el destino, en mi peor momento, me regaló lo mejor que me han regalado nunca. Me dio ilusión, me dio esperanza. Luego me devolvió la capacidad de sonreír, pero de verdad. Poco a poco me fue regalando nuevas cosas: ilusiones nuevas, sonrisas, momentos inolvidables, cariño, confianza, honestidad. Y, ¿sabéis una cosa? Cuando me quise dar cuenta, estaba completamente curada. Estaba feliz, contenta. Estaba enamorada. Comencé a pensar que el amor me salvó de mí misma, de en lo que me había convertido. Desde que el destino interfirió de esa manera tan positiva en mi vida, comencé a valorarme de nuevo, empecé a decir "no" cuando tenía que decirlo, e intenté no dejarme pisotear más. Corté por lo sano, y me deshice de lo que no me convenía, y sobre todo de quien no me merecía.
Y ahora, última día del año, aunque me acuerdo de esos tres primeros meses algo escabrosos, sobre todo recuerdo los otros nueve meses, llenos de alegría, ilusión, confianza, y mucho amor. Así que, si tengo que hacer un balance de este año, lo positivo gana a lo negativo con creces.
Por último, y antes de felicitar el año a todos los que me lean, quiero "decir" unas palabras para la persona que consiguió hacerme sonreír y que sigue consiguiéndolo cada día. No me extenderé mucho, pues ya me extiendo bastante otros días (sí, me aseguro de que tenga bien claro lo mucho que le quiero)... "Gracias por todo. Por el pasado, pues confías en mí lo suficiente como para contarme cosas que sé que no son fáciles de decir para ti. Por el futuro, porque me incluyes en él, y eso me hace muy feliz. Y, sobre todo, por el presente, porque haces que me ilusione, que sonría, y que sea feliz cada día. Te quiero, y no mucho, sino lo siguiente."
Gracias a todos los que me leen, a los que me comentan y a los que me siguen. Si este año que dejamos no ha sido bueno, que el que viene sea mucho mejor. Si, por el contrario, este 2011 no os ha tratado mal, que el 2012 sea igual, o mejor. Pasad una buena noche. Un abrazo.
¡Feliz año 2012!
martes 27 de diciembre de 2011
Un paseo para recordar.
La chica iba sentada en el autobús urbano. Se había puesto los auriculares y había encendido su mp4. Primera canción, "The book of love", sonrió. Miraba por la cristalera del autobús y todo se veía distinto con esa música de fondo. También el ambiente era distinto...era Navidad. Las cosas parecían más bonitas, hechas con mejor intención, en esa época del año.
Una abuela y su nieta quinceañera paseaban mirando escaparates. La joven sujetaba firme la mano de su abuela, sin ningún tipo de vergüenza, de pudor. Estaba contenta, estaba a gusto, y su abuela sonreía orgullosa y feliz por el hecho de estar pasando un rato agradable, único, con su nieta predilecta.
Cambio de escenario, el autobús es lo que tiene. Un padre le daba un tetrabrik a su hija pequeña para que lo tirara en el contenedor para los cartones. Ella se lo tomaba como un juego y, cuando su padre le abría el contenedor, ella introducía el brik de leche vacío con gracia. Luego sonrió a su "papi" y le dio la mano para saltar el peldaño y volver a la acera. Como sorpresa, tras el salto, el padre la alzó por los aires y le dio un par de vueltas con ella, haciéndola reír a carcajadas.
Un chico, de unos diecisiete años, miraba el reloj ansioso en un portal, e intentaba adivinar si su chica bajaría ya las escaleras y saldría al frío, con él. Obviamente, también esperaba que le diera un buen beso, pensó mientras sonreía de lado. También podría deslizar la mano y tocarle el...
Un hombre mayor observaba a los niños jugar en el parque. Estaba parado, serio, pensativo. Una sombra cruzaba su rostro. Y aún frunció más el ceño cuando vio a unos niños abrazar a su abuelo en el otro extremo del parque. Entonces se dio media vuelta y comenzó a andar sin mirar atrás.
Una pareja caminaba de la mano mientras hablaban de algo seguramente no muy importante. De repente, el chico se paró, y ella al ir cogida de su mano se tambaleó un poco por el seco "frenazo". Le preguntó que qué pasaba y él le señaló la cara. Ella enseguida se llevó su pequeña mano al rostro y comenzó a limpiarse una mancha invisible. Entonces él le apartó las manos con cara de "no sabes hacer nada" y se acercó más a ella con cara de concentración. Cuando tuvo su mano en la mejilla sonrosada por el frío de ella, y su cara bien cerca de la de su novia, la besó con ternura. Luego se acercó a su oreja y le susurró lo que sería un "te quiero. Ella sonrió encantada y le abrazó.
Dentro del autobús, la chica sonrió también. Dejó de mirar al exterior y se fijó en las personas en el interior del autobús. Justo enfrente de ella había una mujer bastante joven, con su hija. La madre la escuchaba atentamente, le apartaba el pelo de la cara y le daba cuerda al muñequito que su pequeña hija tenía entre las manos. Luego le hablaba de Papá Noel y le recordaba que todavía tenía que escribir su carta a los Reyes. Su hija respondió "mamá, pero el abuelo me dijo que los Reyes estaban algo pobres, y que por eso tenía que ser una niña buena y no pedir muchas cosas, para que haya regalo para todos los niños". Su madre la miró emocionada, intentando controlar el brillo en sus ojos. Se acercó a su niña, le acarició la cara y la besó en la mejilla, luego le dijo "cariño, para ti siempre habrá regalo, además, si los Reyes están pobres, mamá les dirá en su carta que reserven el dinero de mi regalo para el tuyo. Yo ya tengo el mejor regalo del mundo". La niña sonrió y movió los pies contenta, luego siguió mirando por la ventana, señalando las luces navideñas en la calle.
La chica, se levantó de su asiento, algo conmovida por la escena, y se bajó en la siguiente parada. El frío de la calle le golpeó en las mejillas, así que ajustó su abrigo y le dio otra vuelta a la bufanda. Entre la gente, buscó a la persona que la estaba esperando. Se acercó a su chico, le abrazó y le besó.
-Qué guapa estás-le dijo él, sonriendo.
+Gracias, tú no estás nada mal- contestó ella, bromeando.
Tras un paseo, un par de chocolates, y una buena cantidad de besos, abrazos, los dos se dirigieron a la parada del autobús de nuevo, para volver a sus respectivas casas.
-Aún no me has dicho qué quieres de regalo estas Navidades- le dijo él, abrazándola, aprovechando esos últimos minutos en su compañía.
+No, no te lo he dicho. Ya tengo mi regalo.
-¿Ah, sí? ¿Y se puede saber qué ha sido?
-Tú. Mi regalo has sido tú- ella le besó y le sonrió- Y, créeme, nunca había tenido un regalo mejor. Es el más grande y el más valioso que he tenido nunca.
Te quiero.
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