lunes 19 de septiembre de 2011
Se apagó una luz.
<<Parece increíble que hace sesenta años yo era una feliz niña de ocho. Qué tiempos aquellos...Eran tiempos difíciles, o eso dice la gente cuando habla del pasado. A mí me parecían tiempos fáciles. Fáciles y felices. No había prisas, horarios que cumplir. Sí que había obligaciones, por supuesto, pero sólo lo lógico, lo práctico. No había estrés ninguno, y yo paseaba por el pueblo con mi vestido simple y sencillo, pero con las piernas al sol. Los zapatos desgastados de pasear, de andar, de correr, de saltar. Sucios por esconderme en sitios imposibles para que mis amigos no me encontrasen.
Luego...luego crecí. Crecí y me hice una mujer casadera, como se decía antaño. Me casé, sí, y tuve dos hijas preciosas. Guapísimas y buenas. Muy buenas. Estaba tan orgullosa...Aún lo sigo estando. Era feliz, aunque ya todo no era tan fácil como cuando era una simple niña con mi vestido desgastado, correteando por el pueblo en busca de aventuras. En ese momento ya era mujer casada y madre, tenía responsabilidades, personas que dependían de mí, más cosas de las que preocuparme...
No tardó mucho en llegar. Mi marido murió y, aunque la primera noche mis dos hijas se tumbaron y durmieron conmigo, la siguiente reconozco que me sentí sola. Y por primera vez, desbordada. Pero la vida sigue, y yo seguí viviendo. No tan feliz, pues ya había algo que me faltaba, pero seguí adelante. Criando a mis hijas, sonriéndoles, intentando enseñarles las cosas buenas y que merecen la pena. Sintiéndome orgullosa de ellas, tan trabajadoras y buenas chicas. Parecía que todo volvía a brillar. Pero otra vez me sobrevino una catástrofe. El peor momento de mi vida. El momento que ninguna madre quiere vivir. Mi hija mayor murió. No dejaba de preguntarme el por qué, la razón por la que Dios había decidido que yo debía ser así de desgraciada. Mi hija. Mi hija. No podía parar de llamarla. "Maricarmen". "Mi niña". Pero ella no volvió, todo había sido real. Me quedé con mi hija pequeña, a la que amaba muchísimo, pero reconozco que desde el día en que me arrancaron de cuajo una parte de mí, no volví a ser la misma. Me encerré en mí misma, casi dejé de hablar. Me convertí en una mujer fantasma. Respiraba, comía, dormía. Pero intentaba pensar lo menos posible. Mi pequeña se había ido, santo cielo, ¿cómo podía yo volver a ser feliz si ella no estaba conmigo?
Los años pasaron, y con el tiempo y como es lógico, las personas a mi alrededor se fueron marchando. Mi hermana mayor se fue, tras años de cuidados por mi parte. Era tan lista, tan sabia, tan perspicaz... Ojalá yo hubiera sido como ella. Tan fuerte. Pero no lo era. Yo siempre fui débil y apocada, y cuando mi hermana mayor se fue, el resto de mi familia me dio de lado. No me podía creer que para ellos fuera más importante lo material que el quererme a mí, apoyarme. Porque lo necesitaba. Realmente lo necesitaba. Y entonces fue cuando comencé a consumirme. Ya no le veía la gracia a nada, mi única alegría era mi nieta. Aún así, yo me sentía cada vez peor, con menos ganas de vivir, de luchar. Si por lo menos mi hermana mayor hubiera estado...ella habría sido fuerte por mí, me hubiera reñido y al día siguiente me habría llevado a comprar fruta al mercado. Pero ella tampoco estaba ya. Y yo, sola en mi casa, no veía ya belleza, alegría, felicidad, por ningún lado.
Y hoy me encuentro tumbada en una cama de hospital, con los ojos cerrados, mi cuerpo muriéndose, queriendo que ocurra lo que en estos últimos días pedía. "Quiero morir", "¿Qué hago aquí?". Sé que hay gente alrededor, las personas que en realidad importan. Personas a las que realmente yo he importado. Mi hija pequeña, mi niña...cuánto te he hecho sufrir últimamente. Perdóname por mis quejas, por mis comportamientos de niña pequeña. Oh, Dios, perdóname por sentirme feliz por primera vez en mucho tiempo, simplemente por la perspectiva de que, por fin, me voy a ir. Sé feliz, cariño, y no me olvides. Yo estaré bien, lo sé, lo siento. Estoy sedada, sin sentir físicamente nada. No tengo hambre, sed, ni dolor. Estoy preparada para irme, aunque me cuesta porque no podré secarles las lágrimas a los que me quieren. Pero ya es hora, lo llevo esperando un tiempo. Con los ojos cerrados, abro la boca de repente, respirando la que sé que será mi última bocanada de aire. Y entonces, por fin, se acabó.>>
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