domingo 23 de octubre de 2011

Un día gris.



Amelia se sentó en el sillón del salón y miró por la ventana, pensativa. Sus padres se acababan de marchar y sus otras dos hermanas estaban fuera también. Se había quedado sola. Suspiró. Era extraño. Ese día se sentía extraña. Había decidido que no le apetecía salir de casa. Pero lo decisivo había sido que nadie la había llamado para convencerla de lo contrario. Así que se sentó en el sillón de su padre y contempló el jardín. El otoño había llegado y el jardín estaba precioso. Los árboles que tenían alrededor brillaban por la mezcla de tantos colores en sus hojas. Todo tipo de tonalidades de marrón, rojo, amarillo... El suelo estaba parcialmente cubierto por esas hojas que se habían desprendido, e invitaba a la gente a revolcarse en todo ese despliegue de colorido.
El teléfono sonó y el corazón de Amelia pegó un vuelco. ¿Sería él? Se levantó y fue a descolgarlo.

-¿Sí?-preguntó, esperanzada.

No era él. Recogió el recado para sus padres y colgó de nuevo el teléfono, desilusionada. Se volvió a sentar en el sillón, pero esta vez subió las piernas también y se abrazó las rodillas. Sin saber por qué, la imagen de sus hermanas le pasó por la cabeza. Ellas eran guapas, inteligentes, sociables. Tenían éxito en sus carreras, sacaban buenas notas, sus padres estaban orgullosos. Amelia siguió mirando a través del cristal y, como una cámara de fotos al girar el objetivo, de repente se vio a ella misma reflejada en la ventana. Contempló sus rasgos, normales, insípidos. Pensó en ella misma en sus estudios. Mediocre. Giró la cabeza con lágrimas en los ojos y volvió a mirar el teléfono. Tragó saliva al asumir que nadie iba a llamar. Bien porque ese día nadie estaba pensando en ella, bien porque realmente nadie se preocupaba o bien porque alguien mediocre se merece un día mediocre como aquél.

Se levantó del sillón y se limpió la cara. Con un gemido entrecortado, nacido de su interior más profundo, se prometió dejar de llorar. Se dio una ducha, vio una película y, cuando se quiso dar cuenta, era ya última hora de la tarde. Volvió a mirar por la ventana y la brillante luz de la mañana se había convertido en un tono oro-cobrizo de atardecer. Cogió una manta y se la puso encima, luego buscó su bloc y sus pinturas y salió al jardín. A pesar de ser ya mediados de otoño, ese día no estaba especialmente frío, así que se sentó en el balancín que su padre había colgado de dos grandes árboles cuando ella aún era una cría, y volvió a suspirar. El viento le sacudió el pelo y un escalofrío le recorrió el cuerpo, se arropó mejor con la manta y comenzó a dibujar.

Una hora después se quedó dormida, contemplando el atardecer y las hojas caer. Una pena para ella, pues nunca sabría que, al final, llegó la llamada. Era él.


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