lunes 7 de noviembre de 2011

Amor encontrado




Se había enamorado. El chico más popular del instituto. No se lo creía ni él. Hace apenas unas semanas se reía del amor, ya que lo creía una tontería. Prefería el sexo, preferiblemente con una chica bien guapa y con buen cuerpo. Y entonces el destino hizo que pasara lo que pasó. Una chica a la que nunca había prestado demasiada atención, una chica contestataria y con mal carácter de su clase, un día se le acercó, lo empujó al baño de los tíos, se aseguró que no había nadie y le encaró de frente.
-Oye, tú, ¿Carlos no?- dijo, echándose la larga coleta por detrás del hombro derecho.
-Sí- le apartó las manos de encima- ¿Querías algo, fierecilla?
-Pues sí, idiota- le contestó borde- Quisiera que me hicieras un favor.
-¿Yo? No hago favores sexuales a locas como tú- Carlos quería provocarla para que se enfadara, la vio apretar los puños y resoplar.
-Mira, guapo, existe más gente en el mundo aparte de ti y tus atributos, ¿sabes? Y no es por eso- cogió aire- Te lo voy a decir todo de golpe. Necesito que me enseñes a ser guapa- miró la cara escéptica que se le puso a él- Quiero decir, necesito que me enseñes a seducir, a saber camelar, ¿me entiendes?- dijo rápido y prosiguió- A cambio te daré clases gratuitas de dibujo, que es donde vas mal ¿no? Por favor, Carlos.
-¿He oído por favor?- dijo él, asombrado y tomándole el pelo.
Dos días después comenzaron las clases, tanto de dibujo como de seducción. Se sentaron en la cama de la habitación de ella, después de la clase de dibujo.
-Bien, lo primero de todo, no frunzas el ceño- le puso el dedo entre ceja y ceja- Pareces todavía más arisca de lo que eres. Ahora, sonríe- Laura frunció más el ceño- No, sonríe- con los dos dedos le estiró los labios, y ella se comenzó a reír. Era una risa natural, no perfecta, ni seductora, pero natural. Él comenzó a reír con ella y entonces se fijó en su sonrisa. Era preciosa- Así me gusta más. Estás preciosa cuando sonríes.
-Ehhh, bueno, no te emociones tanto, que a quien quiero seducir no es a ti- dijo brusca.
-Tendrás que cambiar esa costumbre de dejar mal a los tíos. A nosotros nos gusta que nos den la razón, ¿sabes?
-¿Ah sí? Pues entonces sois además de memos, aburridos. Discutir amigablemente es la sal de la vida.
Poco a poco se fueron conociendo mejor, a Carlos comenzó a gustarle la manera de ser de Laura, brusca pero tierna, seria pero con su toque de humor, irónica e incluso sarcástica en ocasiones. A Laura, por su parte, cada día le gustaba más Carlos; no era el mismo chico popular chulo y arrogante que en el instituto, bueno, sí lo era, pero cuando estaban a solas todo era en plan de broma, sin ofender. Y eso a ella le gustaba. Y mucho. Parecía como si no le estuviera dando clases para seducir a un amigo de él. Parecía que quería seducirle a él.
Un día decidió ir a comprarse ropa. No iba a salirse de su propósito: seduciría a Marcos, nadie más. Pero necesitaba a Carlos para comprar o por lo menos para aconsejarla.
-¿Por qué no te sueltas el pelo?- le preguntó él tirándole de la coleta.
-Porque no me da la gana- le contestó a su estilo.
-¿Qué te dije el otro día sobre esas contestaciones?- dijo Carlos, con el ceño fruncido.
-No frunzas el ceño, Carlitos, así estás más feo- le dijo jocosa, poniéndole el dedo en el entrecejo. Él le cogió la mano y por un instante se quedaron parados, mirándose el uno al otro, absortos y perdidos en los ojos del contrario.
-¡Carlos!- gritó Marcos. El instante pasó. Los dos parpadearon e hicieron caso al tercero en discordia. El objeto de la seducción de Laura.
-Laura, esta es tu oportunidad para ir ganando terreno, demuestra lo que te he enseñado- le susurró Carlos.
Pasaron una agradable tarde, los tres. Marcos se interesó por Laura, la que le pareció peculiar por su forma de ser y agradable. Al día siguiente, ella con su ropa nueva más ajustada a su talla, ella le gustó aún más, y Marcos se decidió y estuvo todo el día persiguiéndola y hablando con ella.
Laura intentó relajarse, aunque no pudo. Se sentía incómoda con Marcos, se sentía pendiente de dónde estaba Carlos, que nunca estaba cuando le buscaba. Había desaparecido. Ya había cumplido su cometido. Sólo le debía una clase más de dibujo. La última antes del examen.
A las cinco en punto Carlos picó a la puerta de la casa de Laura. No pensaba ir, pero se dijo que le debía esa última clase. No hubo bromas, había un poco de tensión en el ambiente. Comenzó a explicarle y, ante la imposibilidad de Carlos por dibujar nada, Laura le pasó la mano por los ojos y se los cerró.
-¿Qué haces?- preguntó él, molesto.
-Sé que suena ñoño. Pero dibuja con el corazón. De esa manera, salga lo que te salga, será para ti una obra de arte, pues está dibujada con tu interior. Aunque solo para ti tenga sentido.
Esas palabras le calaron hondo y, sin pensarlo, se acercó a sus labios y la besó. Ella le correspondió sin dudarlo. Se cogieron por la cara y se devoraron los labios. Unos minutos después, Carlos salía de la casa, desconcertado. Se había enamorado.
Al día siguiente la vio con Marcos, su amigo. Laura llevaba el pelo suelto, como nunca antes se lo había visto. Llevaba unos vaqueros ajustados, unas botas altas y una chaqueta. Estaba preciosa. La larga melena castaña le caía por los hombros y sus ojos brillaban risueños. Se estaba riendo con Marcos, y no con él. Los celos le apretaron fuerte, le estrujaron el corazón. Carlos se había acostumbrado a estar con ella esas semanas, a que fuera sólo suya. Y ya no podía ser de otra manera. Echó a andar firmemente hacia ellos, la cogió y la besó delante de Marcos. Luego, le miró, le sonrió a este con cara de superioridad, como marcando territorio. No se esperaba la gran bofetada que recibió a continuación. Laura marchó bufando hacia el instituto, ignorándole. Y Marcos se rió de él lo que quiso y más.
Ahora Carlos caminaba por la playa, solo, observando las olas y reflexionando sobre la tontería del amor. Y qué tontería. Él mismo se sentía tonto, pero no podía negar lo que sentía. Los celos que le carcomieron por dentro al pensar que Marcos la besaría como él mismo la besó. Se paró en la arena, con las manos en los bolsillos del pantalón.
-Oye, tú, ¿Carlos no?- él se dio la vuelta y la vio ahí, parada delante de él, con las mejillas sonrosadas por el frío y la mirada directa y desenvuelta. Carlos asintió.
-¿Qué quieres, Laura?
-Bien, necesito que me hagas un favor.
-¿Otro más? ¿Y ahora de qué coño se trata?
-Quiero conquistar a alguien.
-Ya te he dado clases de eso. Se acabaron.
-No, esas fueron clases de seducción. Ahora quiero clases para ganarme el amor de un chico- Laura miró al hombre que tenía enfrente. Pelo castaño un poco largo, ojos verdes, complexión atlética…el guaperas. Y le quería. Todo para ella.
-¿Marcos no te quiere?- dijo en tono acusatorio.
-Mi problema no es Marcos. Es otro corazón el que quiero conquistar. Está justo aquí- dijo, y le posó su pequeña y fría mano sobre el pecho. Carlos, por fin, comprendió, y la sonrisa acudió a sus ojos además de a sus labios.
-Lo siento, no te puedo ayudar- dijo serio. Laura quedó petrificada y, muerta de vergüenza, se dio la vuelta para marcharse- Pues esa conquista ya la tienes ganada, fierecilla.
Laura se dio la vuelta al instante. Le pegó un puñetazo en el hombro y se lanzó a sus brazos.
-¿Eres idiota o qué? ¿No puedes decírmelo directamente?
-Pues igual que tú, que me abofeteas delante de todo el mundo.
-Tenía que dejarle las cosas claras a Marcos. Además, no me gusta que me traten como a un árbol, para marcar territorio- le empujó con un dedo en el pecho- Que te quede claro.
-Sí, dulce amor- dijo en tono irónico. Y para acallar sus protestas la besó como deseaba su corazón.

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