Se había enamorado. El chico más popular
del instituto. No se lo creía ni él. Hace apenas unas semanas se reía del amor,
ya que lo creía una tontería. Prefería el sexo, preferiblemente con una chica
bien guapa y con buen cuerpo. Y entonces el destino hizo que pasara lo que
pasó. Una chica a la que nunca había prestado demasiada atención, una chica
contestataria y con mal carácter de su clase, un día se le acercó, lo empujó al
baño de los tíos, se aseguró que no había nadie y le encaró de frente.
-Oye, tú, ¿Carlos no?- dijo, echándose la
larga coleta por detrás del hombro derecho.
-Sí- le apartó las manos de encima-
¿Querías algo, fierecilla?
-Pues sí, idiota- le contestó borde-
Quisiera que me hicieras un favor.
-¿Yo? No hago favores sexuales a locas
como tú- Carlos quería provocarla para que se enfadara, la vio apretar los
puños y resoplar.
-Mira, guapo, existe más gente en el
mundo aparte de ti y tus atributos, ¿sabes? Y no es por eso- cogió aire- Te lo
voy a decir todo de golpe. Necesito que me enseñes a ser guapa- miró la cara
escéptica que se le puso a él- Quiero decir, necesito que me enseñes a seducir,
a saber camelar, ¿me entiendes?- dijo rápido y prosiguió- A cambio te daré
clases gratuitas de dibujo, que es donde vas mal ¿no? Por favor, Carlos.
-¿He oído por favor?- dijo él, asombrado
y tomándole el pelo.
Dos días después comenzaron las clases,
tanto de dibujo como de seducción. Se sentaron en la cama de la habitación de
ella, después de la clase de dibujo.
-Bien, lo primero de todo, no frunzas el
ceño- le puso el dedo entre ceja y ceja- Pareces todavía más arisca de lo que
eres. Ahora, sonríe- Laura frunció más el ceño- No, sonríe- con los dos dedos
le estiró los labios, y ella se comenzó a reír. Era una risa natural, no
perfecta, ni seductora, pero natural. Él comenzó a reír con ella y entonces se
fijó en su sonrisa. Era preciosa- Así me gusta más. Estás preciosa cuando
sonríes.
-Ehhh, bueno, no te emociones tanto, que
a quien quiero seducir no es a ti- dijo brusca.
-Tendrás que cambiar esa costumbre de
dejar mal a los tíos. A nosotros nos gusta que nos den la razón, ¿sabes?
-¿Ah sí? Pues entonces sois además de
memos, aburridos. Discutir amigablemente es la sal de la vida.
Poco a poco se fueron conociendo mejor, a
Carlos comenzó a gustarle la manera de ser de Laura, brusca pero tierna, seria
pero con su toque de humor, irónica e incluso sarcástica en ocasiones. A Laura,
por su parte, cada día le gustaba más Carlos; no era el mismo chico popular
chulo y arrogante que en el instituto, bueno, sí lo era, pero cuando estaban a
solas todo era en plan de broma, sin ofender. Y eso a ella le gustaba. Y mucho.
Parecía como si no le estuviera dando clases para seducir a un amigo de él.
Parecía que quería seducirle a él.
Un día decidió ir a comprarse ropa. No
iba a salirse de su propósito: seduciría a Marcos, nadie más. Pero necesitaba a
Carlos para comprar o por lo menos para aconsejarla.
-¿Por qué no te sueltas el pelo?- le
preguntó él tirándole de la coleta.
-Porque no me da la gana- le contestó a
su estilo.
-¿Qué te dije el otro día sobre esas
contestaciones?- dijo Carlos, con el ceño fruncido.
-No frunzas el ceño, Carlitos, así estás
más feo- le dijo jocosa, poniéndole el dedo en el entrecejo. Él le cogió la
mano y por un instante se quedaron parados, mirándose el uno al otro, absortos
y perdidos en los ojos del contrario.
-¡Carlos!- gritó Marcos. El instante
pasó. Los dos parpadearon e hicieron caso al tercero en discordia. El objeto de
la seducción de Laura.
-Laura, esta es tu oportunidad para ir
ganando terreno, demuestra lo que te he enseñado- le susurró Carlos.
Pasaron una agradable tarde, los tres.
Marcos se interesó por Laura, la que le pareció peculiar por su forma de ser y
agradable. Al día siguiente, ella con su ropa nueva más ajustada a su talla,
ella le gustó aún más, y Marcos se decidió y estuvo todo el día persiguiéndola
y hablando con ella.
Laura intentó relajarse, aunque no pudo.
Se sentía incómoda con Marcos, se sentía pendiente de dónde estaba Carlos, que
nunca estaba cuando le buscaba. Había desaparecido. Ya había cumplido su
cometido. Sólo le debía una clase más de dibujo. La última antes del examen.
A las cinco en punto Carlos picó a la
puerta de la casa de Laura. No pensaba ir, pero se dijo que le debía esa última
clase. No hubo bromas, había un poco de tensión en el ambiente. Comenzó a
explicarle y, ante la imposibilidad de Carlos por dibujar nada, Laura le pasó
la mano por los ojos y se los cerró.
-¿Qué haces?- preguntó él, molesto.
-Sé que suena ñoño. Pero dibuja con el
corazón. De esa manera, salga lo que te salga, será para ti una obra de arte,
pues está dibujada con tu interior. Aunque solo para ti tenga sentido.
Esas palabras le calaron hondo y, sin
pensarlo, se acercó a sus labios y la besó. Ella le correspondió sin dudarlo.
Se cogieron por la cara y se devoraron los labios. Unos minutos después, Carlos
salía de la casa, desconcertado. Se había enamorado.
Al día siguiente la vio con Marcos, su
amigo. Laura llevaba el pelo suelto, como nunca antes se lo había visto.
Llevaba unos vaqueros ajustados, unas botas altas y una chaqueta. Estaba
preciosa. La larga melena castaña le caía por los hombros y sus ojos brillaban
risueños. Se estaba riendo con Marcos, y no con él. Los celos le apretaron
fuerte, le estrujaron el corazón. Carlos se había acostumbrado a estar con ella
esas semanas, a que fuera sólo suya. Y ya no podía ser de otra manera. Echó a
andar firmemente hacia ellos, la cogió y la besó delante de Marcos. Luego, le
miró, le sonrió a este con cara de superioridad, como marcando territorio. No
se esperaba la gran bofetada que recibió a continuación. Laura marchó bufando
hacia el instituto, ignorándole. Y Marcos se rió de él lo que quiso y más.
Ahora Carlos caminaba por la playa, solo,
observando las olas y reflexionando sobre la tontería del amor. Y qué tontería.
Él mismo se sentía tonto, pero no podía negar lo que sentía. Los celos que le
carcomieron por dentro al pensar que Marcos la besaría como él mismo la besó. Se
paró en la arena, con las manos en los bolsillos del pantalón.
-Oye, tú, ¿Carlos no?- él se dio la
vuelta y la vio ahí, parada delante de él, con las mejillas sonrosadas por el
frío y la mirada directa y desenvuelta. Carlos asintió.
-¿Qué quieres, Laura?
-Bien, necesito que me hagas un favor.
-¿Otro más? ¿Y ahora de qué coño se
trata?
-Quiero conquistar a alguien.
-Ya te he dado clases de eso. Se
acabaron.
-No, esas fueron clases de seducción.
Ahora quiero clases para ganarme el amor de un chico- Laura miró al hombre que
tenía enfrente. Pelo castaño un poco largo, ojos verdes, complexión atlética…el
guaperas. Y le quería. Todo para ella.
-¿Marcos no te quiere?- dijo en tono
acusatorio.
-Mi problema no es Marcos. Es otro
corazón el que quiero conquistar. Está justo aquí- dijo, y le posó su pequeña y
fría mano sobre el pecho. Carlos, por fin, comprendió, y la sonrisa acudió a
sus ojos además de a sus labios.
-Lo siento, no te puedo ayudar- dijo
serio. Laura quedó petrificada y, muerta de vergüenza, se dio la vuelta para
marcharse- Pues esa conquista ya la tienes ganada, fierecilla.
Laura se dio la vuelta al instante. Le
pegó un puñetazo en el hombro y se lanzó a sus brazos.
-¿Eres idiota o qué? ¿No puedes decírmelo
directamente?
-Pues igual que tú, que me abofeteas
delante de todo el mundo.
-Tenía que dejarle las cosas claras a Marcos.
Además, no me gusta que me traten como a un árbol, para marcar territorio- le
empujó con un dedo en el pecho- Que te quede claro.
-Sí, dulce amor- dijo en tono irónico. Y
para acallar sus protestas la besó como deseaba su corazón.

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